LA RESPONSABILIDAD DE MI DECIR.
Qué importante es lo que digo, pero más importante es lo que callo.
Y es que generalmente soy dueño de lo que digo, pero no me doy cuenta de que soy esclavo de lo que callo.
Ya que aquello que me guardo para mi reserva es precisamente el punto nodal de mi conflicto que al no encontrar abre acción va a terminar en somatización o síntomas neuróticos.
Es un principio básico de la psicoterapia:
El hilo con que se teje una sesión terapéutica es el decir del paciente que, mentiroso o no, real o no, es lo que se inserta en el campo del deseo del que habla y que viene a buen fin cuando son testigos unos oídos bien entrenados en escuchar “decires” colmados de “callares” que regresan el discurso entretejido de verdades que las más de las veces no quieren ser dichos porque lo que desean es precisamente no ser escuchados ni vistos ni repetidos.
Son los quehaceres del deseo de lo Real.
Y en este juego de decires las más de las veces es donde el inconsciente hace de las suyas transformando la palabra del paciente en una palabra investida de sufrimiento o victimización en donde el paciente es objetivo de la perversidad de todo y de todos y sometido ante tanta crueldad no entiende el porqué es él, la presa de esta maldad.
No sabe que sabe; su palabra esta investida del goce de la pasividad ante el sufrimiento, sin darse cuenta que detrás de ese goce está lo que está detrás de todo goce: la última consecuencia de la vida; la muerte.
No sabe que sabe; su palabra está investida del Goce de no ver lo que ya vio, de saber lo que ya sabe debido a que ver lo que no se quiere ver o saber lo que no se quiere saber es sinónimo de ser responsable de lo que se va a decir a partir de aquí.
Es preferible poner al psicoterapeuta en la posición del saber para que le sea dicho lo que debe hacer y así librarse de la responsabilidad del decir y no ser él mismo quien lo dijo.
La mayoría de las veces, el decir implica la responsabilidad del saber, del ver, del conocer, pero el verdadero miedo a la responsabilidad del decir reside en la responsabilidad de asumir lo que ese dicho trae consigo mismo: una, o varias consecuencias.
Aquí es donde radica el parteaguas que hacer ver al terapeuta si el que habla quiere o no la cura.
¿Cuál cura?: esa que libera el deseo, ya que al asumir el decir y al asumir la consecuencia de ese deseo oculto en las palabras, no hay deseo reprimido que se aprisione en el síntoma.
Decir es libertar el deseo.
Por eso cuesta tanto trabajo que el paciente se haga responsable de lo que dice; implica que sea el mismo el responsable de sus sufrimientos tanto como de su cura.
Implica que el mundo exterior deje de ser la fuente de toda esa perversidad y maldad que lo hacen víctima para darse cuenta que es la propia malvad y perversidad la que regresa a uno cuando no es libertada por el decir.
El terapeuta debe regresar el discurso tantas veces sean necesarias para que el paciente por fin lo escuche y posteriormente, reconozca en sí mismo ese decir y lo haga suyo.
Qué importante es lo que digo, pero es más importante lo que callo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario