viernes, 27 de marzo de 2015

LA MUERTE

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Juan Pablo Morales Llamas.

“…y así la vida, la bondad suprema
Como el aroma azul de la alhucema
En la alcoba frugal, de sombra inerte.

Cerrar los ojos con la tarde amiga,
Y acostumbrarlos para que se diga,
Que ya cerrados, los halló la muerte”

-Xavier Villaurrutia. La bondad de la vida.

Mucho se ha hablado de la muerte, pero mucho más se ha callado. Y es que es un tema que causa innumerables sentimientos o emociones, la mayoría de ellos del orden de lo que no se puede – o no se quiere- decir con palabras.

Sin embargo, es cierto que cerrarse a la muerte es cerrarse a la vida. Tanto así que existen diversas posturas frente a ella, que de alguna manera intentan paliar el dolor o la angustia que nos causa, haciendo un intento por situarse frente a ella cara a cara. Algunos dirán que no les causa miedo; otros, que incluso la desean; tal vez exista quien diga que le es indiferente; lo cierto es que no se puede asumir una postura frente a ella que no verse sobre una manera de defensa frente a lo que la muerte nos recuerda: aquello de insoportable que tiene nuestra existencia.
Sin embargo, vida y muerte son dos análogos que no encuentran significación el uno sin el otro. Y es que no se puede pensar la vida sin la muerte ni viceversa; Octavio Paz, en “el laberinto de la soledad”, escribe:

“la muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida. Toda esa abigarrada confusión de actos, omisiones, arrepentimientos, tentativas…obras y sobras, que es cada vida, encuentra en la muerte, ya que no sentido o explicación, fin”.

Y es que la muerte, ilumina la vida. Ya que sin la muerte la vida no tuviera sentido.



En nuestra sociedad mexicana actual, pareciera que la muerte tiene una significación exagerada, al grado de que es un tema del día a día; pero más que la muerte: el matar. Da la impresión de que las instituciones gubernamentales, incluso las religiosas; no se diga la familiar, han perdido potestad con respecto del respeto por la vida a pesar de sus “esfuerzos”. Y es que la figura del presidente, tanto como la de Dios o la de la paternidad se encuentran degradas al grado de ridiculizadas, si no es que ausentes, invisibles.

Y es que sin este significante del Nombre del padre inscrito en el obrar social, los hombres desean ocupar ese lugar fálico que tal parece está vacante y con esto asumir la posición de “macho alfa”; esto no genera sino violencia por la ambición de ese lugar privilegiado. Cualquiera que hiciere competencia en la reyerta por el falo debe ser muerto, así como “Dios ha muerto”.

Al no existir ese significante primordial del Nombre del Padre en el obrar social, el mismo individuo integrado en la sociedad, se forja como objeto de cierto goce, que no encuentra límite al no existir ley o “función paterna” que lo sofrene.

 Entonces, se descubre indudable una pérdida del sentido de la otredad como un individuo subjetivo y se lo toma como un objeto de goce, objeto a fin de cuentas que pareciera se produce en masa, se le trata en masa y también se le mata en masa. Es decir, se consuma en su muerte y asesinato ese Goce sin embocadura.

A pesar de que en el mundo moderno, en el mundo secular, se vive como si la muerte no existiera, con tanto “progreso y riqueza”, con tanta esperanza de vida, tantos avances en medicina, que prometen una vida placentera; este propio mundo secular, es el mundo de los campos de concentración, el mundo de los cientos de hombres asesinados de un solo tajo cada día, el mundo del asesinato en masa. No cabe duda que el exterminio agrupado es fruto de la colectivización de la vida. “nadie piensa en su mente propia porque nadie vive su propia vida” (Paz, Octavio, op. cit.).




¿Por qué matamos?, porque la vida carece de valor; el valor está en la batalla absurda por obtener algo más absurdo aún; y donde todo es muerte lo único valioso es ella misma. Dice Octavio paz que lo único que hace entendible o humano al crimen es la relación Victima-victimario, misma que se ha perdido, ha desaparecido para dar lugar a simples verdugos  y objetos, instrumentos de placer y destrucción. (paz, Octavio; op. Cit).


Ya que sin el sentido de la otredad, más aún, con el asesinato de la otredad, este falo que se busca incansablemente se vuelve aún más inalcanzable. ¿Quién lo posee sino Otro?... ese otro asesinado, que de haber sido muerto hubiera sido asesino. Es por esto que si se apostara por un nuevo replanteamiento de la ética obsoleta hoy día, no habría duda en cimentarla en la propuesta del psicoanálisis; desde donde la jugada es apropiarse uno de su muerte en tanto que individuo subjetivo y no objeto, y no apropiarse de la muerte del otro.






                                                      (Ensayo realizado en el marco de las IX jornadas
                                                   de actualización en psicología en UNE, torre milenio).







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